Mónica Doña: Nuevos gritos para las mujeres

Mónica Doña. ¿Quién teme a Thelma y Louise? Sevilla: Renacimiento, 2017. ISBN: 978-84-16981-86-1. 70 pp.

Autor de la reseña: Gerardo Rodríguez Salas

Fuente: Oculta Lit (3 de marzo de 2018).

En su último poemario, Mónica Doña nos invita a emprender un viaje poético con tintes detectivescos, tal y como sugieren los títulos de las tres secciones del volumen: ‘La huella’, ‘La captura’ y ‘La escapada’. El coche de la portada, que recuerda al de las dos protagonistas de la película de Ridley Scott, vuela como en la última y épica escena. Sin embargo, la matrícula (un guiño a la editorial) sugiere el ‘renacimiento’ de este mito del cine, un coche que vuela por las nubes y ofrece a sus protagonistas otra huida. No en vano, la persecución policíaca de Doña concluye con una vibrante escapada.

En ‘Femenino y singular: La huella’, las descripciones aparentemente jocosas de una selección de iconos culturales femeninos dan paso al drama histórico generalizado de las mujeres. La guerrillera Juana de Arco se convierte en un pobre ‘animalito místico’, ‘la mariposa de humo’ de una feminidad sacrificada que ‘a sorbos/se bebieron los reyes’; Rita Hayworth afronta su ‘olvido, feroz y denso olvido’; Billy Holiday se convierte en el objeto estético de consumo para varones, un icono de la ética del cuidado (a menudo asociada con las mujeres), que proporciona una medicina ‘que alivia vuestro morbo o vuestro llanto’; Marie Curie participa en la misma ética femenina del cuidado, que de nuevo se cuestiona pues ‘el amor a la ciencia no es bastante,/no debió usted fiarse de la especie a salvar’; Cleopatra deja de ser una controladora femme fatale (‘un mito diabólico, un lujo de la historia/que hiere sin piedad’) y se vuelve vulnerable; Frida Kahlo se alza como una figura mesiánica para las mujeres, ‘la primera mujer crucificada’, una mártir estética que deja su fruto en la hermandad apostólica de todas las mujeres; Santa Teresa deja de lado su espiritualidad para abrazar su cuerpo de mujer a través del ‘desmayado intento de una fuga hacia arriba’; y Coco Chanel resume la asociación de las mujeres con la frivolidad y se ve resentida en un mundo de hombres, los ‘todopoderosos’ que ‘le quitaron la magia a tu perfume’.

Estos ocho iconos de la feminidad demuestran el daño que causan a las mujeres las imágenes estereotipadas y su asociación con una feminidad limitadora, singular, que contrasta con la pluralidad de una genealogía de mujeres hacia donde se dirige este poemario, siguiendo la estela ginocrítica de Janice Raymond, Elaine Showalter o Sandra Gilbert y Susan Gubar. La huella de estas mujeres, a menudo trágica, es indeleble. No se trata de borrarla, sino de reescribirla a través de la experiencia, destruyendo los estereotipos limitadores que condujeron a la tragedia de tantas mujeres en el pasado.

En ‘Tiempo muerto: La captura’, la voz poética se sumerge en la trampa biológica que el patriarcado tiende a las mujeres, una trampa que conduce a miedos y tabúes hacia sus cuerpos sexuados y cuyo resultado final es la incomprensión entre los sexos. La peligrosidad de este status quo queda patente en la cita de Carilda Oliver con la que se abre esta sección: ‘Ayer soñé que mientras nos besábamos había sonado un tiro’. Aquí la voz poética sugiere el vacío insalvable que separa a hombres y mujeres, que no logran encontrarse a pesar de compartir escenas íntimas de alcoba, como en el poema ‘De la fe y la esperanza’, donde una mujer fuertemente sexuada ‘siempre esper[a] el milagro:/dios de nuevo hecho hombre, pajarillo aterido junto al mío’ para acabar irremediablemente sola e incomprendida. Se sigue indagando en el mito a través de alusiones a cuentos como ‘Caperucita Roja’, como en ‘La hermana’, donde la protagonista parece disfrutar de su propia victimización a manos de una masculinidad agresiva y depredadora. O ‘Metamorfosis forzosa’, donde la voz poética vuelve al debate biologista de género para denunciar la agresividad patriarcal hacia las mujeres; ella no tiene estrógenos y se dirige a un ‘mundo raro y violento’ suplicándole ‘menos testosterona, por piedad’. La denuncia al sistema falocéntrico queda clara cuando asegura: ‘me ha crecido tu falo/por todos los resquicios de mi ser’.

En esta sección se cuestiona abiertamente el mito del amor romántico, que Doña parece sugerir victimiza a las mujeres. Su incisiva parodia queda reflejada en ‘El beso de Klimt’, donde dicho beso representa el modelo de amor romántico que las mujeres añoran y emulan, pues ‘se enamoran de un cuadro’ aunque ‘[p]oquísimas han visto la obra original’. Este patrón de amor romántico encasilla a las mujeres en papeles sumisos y potencialmente destructivos. Lo preocupante es que esa imagen se extiende a las jóvenes parejas del siglo XXI, que siguen ‘construyendo el amor al borde del abismo’. Sin embargo, esta sección tan pesimista, oscurecida por las sombras de la celda de la feminidad, acaba con un poema esperanzador, ‘Tiempo muerto’, que nos ofrece la promesa de una nueva generación de mujeres capaces de romper con las cadenas del patriarcado. La promesa de regeneración aparece en la imagen de una niña recién nacida; se cierra la puerta de esta ‘enferma flor que brota de tus lágrimas’ y se abre la ventana de una nueva esperanza.

‘Mujeres al cabo: La escapada’ comienza con una cita de Claribel Alegría que resume el paso final del libro: ‘… del fondo de tu angustia/se levantó tu risa’. El primer poema, ‘Bahía de las negras’, regresa a la corporeidad de las mujeres de la segunda sección pero sin miedos, celebrando, como ya hicieran Anne Sexton en su poema ‘In Celebration of my Uterus’ o Adrienne Rich en su ‘Floating Poem’, los cuerpos de las mujeres y su potencial deseo. A pesar de que algunas imágenes sugieren heteronormatividad (‘un útero de roca/por donde obscenamente ha penetrado/el agua’), las ocho mujeres protagonistas descubren su propia sexualidad libre de la hetero-realidad del sistema patriarcal de la que habla Raymond, y por primera vez se definen sin una relación directa con el hombre —de hecho los hombres son metafóricamente presentados como ‘yertos’. Estas mujeres animalizadas como lobas o gatas conectan con su lado salvaje no para invertir el status quo del patriarcado, sino para ‘araña[r] a la hora en que la luna se alza sobre el mar’. La sensación de una muerte junto al precipicio de la sección anterior da paso a ‘ocho mujeres vivas y enlazadas’, un ‘horizonte femenino’ que ofrece la promesa de un mañana cargado de esperanza. El resultado de esta hermandad femenina es una creatividad literaria sin límites, que en ningún momento rechaza la figura del hombre, siempre que éste rompa con los lazos destructivos del patriarcado. Es el caso de la referencia a Javier Egea, al que estas mujeres se encuentran ligadas ‘como novias perpetuas’, en un matrimonio simbólico de la poesía, pues van ‘tirando al mar ramos de versos’.

Esta fluidez femenina aparece recogida en el poema ‘Agua amarga’, donde se elabora la mujer-pez, una mujer que recuerda a la voz poética del poema ‘The Muse as Medusa’ de May Sarton, donde se rescata la imagen negativa de Medusa para convertirla en una figura lírica y reivindicativa para las poetas a través de una mujer-pez que fluye por el océano de las palabras. Doña reescribe las imágenes clásicas para romper con la opresión femenina, como el rechazo de Caronte de ‘Chicas Erasmus’ o la nueva percepción de las sirenas de La Odisea en el poema ‘Arrecife de sirenas’, pues ‘es hora de fundar sueños certeros,/de alumbrar odiseas sin remiendos,/de inventar nuevos gritos, cantos nuevos’. La voz poética promete cortarse la cola ‘para siempre’, para dejar de ser una criatura mítica y convertirse en una mujer de carne y hueso. Esta nueva luz para las mujeres impregna el último poema, ‘El Cabo de las Ágatas’, que cumple la profecía del título de la tercera sección: ‘Somos ocho risueñas fugitivas/que han llegado hasta el núcleo/y no existe ni un alma alrededor’. Según Raymond, en el sistema patriarcal las mujeres están solas si no se definen en relación a los hombres; aquí las ocho mujeres no están solas, pues unen sus cuerpos y colonizan la playa, fundiendo el pasado con el futuro y emprendiendo una carrera que, sin duda, ganarán.

Como Thelma y Louise en la cita que cierra el poemario, estas mujeres están despiertas y tomarán margaritas junto al mar. Y cambiarán de nombre para fundirse con las mujeres de cualquier tiempo.

Gerardo Rodríguez Salas

Mónica Doña

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